En 2026, Morena finalizó la definición de sus coordinadores estatales para las elecciones de 2027, revelando una estructura de poder más dispersa que en el pasado. Este proceso, que atrajo a 277 aspirantes, muestra una transformación en la forma en que el partido distribuye el control interno.
Proceso de selección y criterios utilizados
Morena utilizó las encuestas como una herramienta central, pero no fue el único criterio. En algunos estados, como Nayarit, la coordinación quedó en manos de Jasmine Bugarín, del PVEM, por criterios de género, pese a que Héctor Santana encabezó la encuesta. Otros factores como la paridad, perfiles, negociaciones internas y alianzas también influyeron en las decisiones.
Distribución del poder y resultados
El análisis de las designaciones muestra que no hubo un solo grupo que dominara todas las candidaturas. Algunos gobernadores lograron imponer a personajes cercanos, como Mara Lezama en Quintana Roo o Alfredo Ramírez Bedolla en Michoacán. Sin embargo, en otros casos, personajes influyentes dentro de Morena no lograron imponerse, como en Baja California, donde Julieta Ramírez fue seleccionada en lugar del perfil preferido por Marina del Pilar.
Participación de aliados y cuestionamientos
Los partidos aliados también jugaron un papel en el proceso. El PVEM obtuvo las coordinaciones en Nayarit y Baja California Sur, mientras que el PT no logró ninguna, lo que generó cuestionamientos por parte de su dirigente, Alberto Anaya, quien afirmó que Morena incumplió acuerdos sobre las encuestas. La dirigencia asegura que los aspirantes aliados también fueron medidos en el proceso.
¿Es esto una democratización interna?
El análisis indica que, aunque hay más centros de poder compitiendo, la participación no fue directa de los militantes en la elección. La dispersión del control sugiere una fragmentación del poder, donde la dirigencia, gobernadores y grupos internos influyen en las decisiones. Por ello, no se puede hablar aún de una verdadera democratización en Morena.
